Monday, December 21, 2009

Le llamaban Antonio

(esto lo escribió un vecino escritor. Cada vez que leía esto, lloraba por dentro, y a veces por fuera. El escribió sobre un perrol bello que tuvimos la oportunidad de conocer. El vecino no lo sabe, pero no era mi heramana sino yo el que de la historia.)

Le llamaban Antonio.

Llovía viento sur, húmedo y frío, como es el "surazo" en Santa Cruz.
Esta mañana frente a la puerta del vecino Rojas estaba allí con su pelo negro brilloso. Se había abandonado a morir.
Me acerqué con cuidado y le alcancé un poco de agua con tetraciclina vitaminada. La tomó hábidamente.
Por la tarde, la hija del vecino Rojas le ofreció un plato de comida y lo cubrió con una vieja frazada para que se protegiera de frío.
Así comenzó el primer día de Antonio.
Le dieron más comida y pronto se levantó y comenzó a vivir de nuevo, aún se veía débil pero luchaba por reponerse. Día a día parecía que iba mejorando.
Parece que era cariño lo que buscaba; y lo había encontrado. Lo bañaba con jabó; le curó la sarna que tenía en una oreja. A la semana estaba casi sano.
Por las noches se apostaba en la puerta de la casa de la niña que lo cuidaba y como guardián no dejaba acercarse a nadie. Otras noches se apostaba en nuestra puerta con la misma actitud vigilante. Había escogidocuáles serían sus hogares.
Y así, los días fueron pasando.
Un día, Antonio desapareció.
A las 2 semanas volvió, otra vez enfermo.
Esta vez no quería comer y no había forma de hacerlo reponer.
El frío había pasado y también la pena por él. El cariño y la atención disminuyeron.
Pero una cosa nunca le faltó: la comida. Siempre había algo de las casas vecinas; restos de comida, arroz, yuca, carne...
Antonio no podía comer. Sin embargo, luchaba por vivir.
ERa muy diferente de cuando llegó el primer día, esta vez quería vivir.
Cuando nos veía acercarnos, se esforzaba por levantarse y como podía venía a saludar. Nosotros lo consolábamos con una caricia al paso.
Los vecinos llenos de compasión opinaban que Antonio debía morir. Estaba muy enfermo. ¿Quién sería el que le ayudaría a morir? Nadie quería asumir la penosa tarea.

Fue un martes, al atardecer; volvía a casa y me acerqué a Antonio a saludarlo como de costumbre. Se puso en pie y me acompañó unos metros, para luego volverse a sentar.
Respeté su descanso y fui a buscarle comida. Era una sopa de pollo que había quedado del almuerzo. Para sorpresa mía, la aceptó gustoso.
Lo dejé cenando.
Al volver por el plato, cuando le vi de lejos estaba echado de una forma que no acostumbraba hacerlo.
Me acerqué a él. Hacía unos instantes había dejado de existir. Su cuerpo estaba caliente y sus ojos aún eran brillantes.
Había sido su última cena y por última vez se había levantado para acompañarme y decimr adiós. Le di sus caricias como solía hacerlo  cuando estaba vivo y le dije adiós. Había luchado tanto por vivir, pero la enfermedad pudo más que él y nosotros.
Con la vista ya turbia, y la cabeza volcada hacia la casa que lo había aceptado -como diciendo también adiós a la hija del vecino Rojas- quedó allí, muerto, no por casualidad, en el mismo lugar donde 2 meses antes había echado a dejarse morir.

Humberto Vázquez-Viaña.
Santa Cruz, 24 de Agosto de 1994.

El Ciclo de la Semilla (6.06.1996)

El Ciclo de la Semilla
La contracara de la Vida
La vida y su camino negado.

I. La profecía de todos.

Al engendrarme mis padres,
yo los engendré.

Les di vida, les di su semillita.
Les quité un poco de su muerte.
Murieron menos
porque se prestaron más al nacimiento,
porque vencieron al dolor y
a la náusea.
Yo, uno más entre los venidos a humano
les di vida.
Y por un tiempo fueron dioses
porque se impregnaron de vida que crece
en la novedad.
Confirmaron la vida, sus
propias angustias y deseos.
Por ellos nací y crecí.
A ellos vuelvo, pero
no soy de ellos.
Ellos son míos,
se nota en cómo me miran,
cómo me perdonan y
se adueñan de
mis culpas.

II. El Eterno Retorno.

Bastó un gesto de fuego y un tropiezo enamoradizo.

Ellos se dieron cuenta mucho antes,
mucho antes de que yo lo haga.
Sí.

Se dieron cuenta, y callaron
y se amaron. Bailaron primero.
Y fueron uno.

Se dieron cuenta, súbitamente lo sintieron:
estaban vivos. ¡Son Vida y lo Saben!
¡Con voluntad de respirarse todo el aire, de decirse con los ojos
mil "te amo"s y
un constante "sí", sin titubeos!

Son sin duda, inmortales: brillan como
dos estrellas intermitentes, que desaparecen
para darse un beso, y vuelven para sentirse
cómplices de traicionar al miedo.

Y yo, empecé a ser: pero permanecía como
calor entre sus cuerpos, que se apelmasa,
que los incinera y los calma.
Sólo de a poco comprensí -muchísimo después-
que estba naciendo.

III. Nacer para el Nacido.

No sabía que estaba solo,
o que estaban conmigo.
Y solo no estaba, aunque yo no estaba conmigo.


Carta a mi madre (12.06.1996)

Mamá:
hoy te extrañé. La palabra de hoy fue "pintoresco". Me pareció novedosa. Un epíteto reciente en mi sofisticante vocabulario. ¿Sabés qué quiere decir curriculum? Sin pensar mal... Significa "carrito". En latín "curriculo" significa "carro" y "currícula" camino por el que anda el carro.

Te quiero mucho viejita, conste que el "viejita" no es porque seás vieja sino porquie sintetiza la ternura que siento -que me invade, empezando por el estómago- cuando te piendo o escribo.

Me voy a adscribir en una materia que no es de mi carrera, sino para los de Letras, Filosofía e Historia: Teorías del  Aprendizaje. La profesora me pidió, si es que yo seguía interesado en su materia. Además me elogió hasta hacerme sonrojar por mi "disertación" en Psicología Evolutiva I.

¿Qué fea mi letra? No?
Por eso, presento todo en la computadora. Aunque cuando hago media lenta mi letra, se entiende mejor. El problema es que más pienso en mi letra que en lo que escribo.
¿Te dije que te quiero? Sí, te quiero. Toda esta semana casi no tuve clases, pero no la estoy aprovechando para estudiar. No sé por qué motivo duermo mucho. Ya se me va a pasar.



De mejor a mejor (2.05.1996)

De mejor a mejor
Por David Rojas Elbirt

No sé en qué seremos
"los mejores".
Quisiera que sea en
"mejorar".
Más allá de los avatares de
los corazones,
de lo que se transforma en el camino.

"Mejores" ¿en qué? Ojalá siempre sea
en mejorar, sin pisar a los demás.


NN (29.04.1996)

No me preguntes qué será.
Sólo respondo cuando no distingo
lo que soy  y lo que me ata a la tierra.

Sólo respondo cuando ella me besa.

Ella no tiene labios como los míos.

Los suyos tienen sabor a fruta de monte.
Son suaves como la piel de las piedras enmohecidas.

Su color vaía del día a la noche,
y su femeneidad la delatan los frutos rajados
de maduros.

Con fusión mía (27.04.1996)

No puedo decir que te prefiero "provisoria",
desearía que estés pero
que tomes forma, no sé de qué.
¿Si pudieras convertirte en libertad? Qué máxima.
Pero por favor no te mueras,
dejame el "posible", la duda, un sendero.
Si tornas todo "libertad",
pensaré que el rótulo lo es todo;
haré cosas en nombre de ella
que no podría ubicarlas junto a otras
libertades (las de los demás, las del todos juntos)
¿Y si te unes al silencio? Es bueno saber
callar cuando las palabras se chocan
entre sí; la "pausa" es sana.
Yo no quiero tu silencio absoluto,
no quiero que olvides lo que la confusión
de unos cuantos divaga hasta creer ser certeza,
y mata, asesina, a todo lo que a ellos les da miedo.
Busca tú los ejemplos... a no imitar, claro.
No quiero que tu silencio se crea prudente
al callar una denuncia,
al fingir que el hambre, el odio y el vacío
no son de su mundo (nuestro mundo).
Y ante todo no quiero que endiosen tu silencio,
que pinten problemas contundentes
de un solo color.
Ahora te entiendo más...
Nada está quito, ni siquiera anulando el movimiento.
La bastedad de matices de la realidad está ahí,
aquí, allá y más allá de acá. "Está",
aunque predomine el blanco y el verde, el
claro fácil y el estiércol manoseado.
Lo certero, confusión, sería que me abraces
sin relegar mis ideas y mis ansias de más
ideas; que no me invoques como yo te invocaría:
como un signo reverente, no por sí solo, de
transformación concreta, y sutil.


Lejos (25.04.1996)

Lejos (25.04.1996)
por David Rojas Elbirt

Sí, así estoy.
Como me sentí ayer,
como se me hace más fácil en mi ahora.
Así, no se hace historia: más bien
se pierde el tiempo, se
oscila entre la difamación y el pretexto.
Extraño el alboroto entusiasta.
Hecho de menos mi ritmo desapresurado que,
sin querer,
arrasaba con todo,
rápido.
Volverá, y
volveré a ser un loco entusiasta,
poco pendiente de sus espaldas,
que cree con tardía inocencia,
en la necesidad de una cualidad del agua:
sí, su transparencia. Mi agua.